martes, 8 de septiembre de 2026

“Mírate y sé feliz”, el programa social que nunca nadie podrá silenciar.


Por Julieta Millán.  

Hay milagros que no llegan con trueno ni con luces. Llegan en el instante en que una mujer se atreve a mirarse al espejo y, por primera vez en años, no aparta la vista.
Eso es lo que ha venido haciendo, desde hace 15 años, el programa social “Mírate y sé feliz” de la Universidad del Conde, operado con rigor y con el corazón por la Fundación del Conde. No es un programa de vanidad. Es un acto de restitución. Es devolverles a muchas mujeres veracruzanas —pilares silenciosos de sus casas— el derecho a sentirse vivas otra vez. Y, más aún: el derecho a empoderarse.
Porque detrás de cada kilo de más, de cada silueta que se fue apagando, casi siempre hay una historia que nadie cuenta. Una de ellas lo dijo sin adornos, con esa honestidad que duele y alivia al mismo tiempo:
—Me di cuenta de que, con los años, yo ya no salía en las fotos. Me había convertido en la fotógrafa de la familia. Tomaba las imágenes de todos… menos de mí.
Cuántas madres, esposas e hijas han vivido eso. Estar, pero no aparecer. Cuidar, pero esconderse. Sonreír detrás de la cámara para que los demás queden bien, mientras ellas se van borrando de su propia historia. “Mírate y sé feliz” nació precisamente para eso: para que esas mujeres vuelvan a ocupar su lugar en el retrato… y en su vida.
El Dr. Marco Antonio Conde Pérez, rector de la Universidad del Conde y del Instituto de Estudios Superiores en Medicina, lo entendió desde el principio. No se trata solo de un cuerpo. Se trata de una vida. Por eso el programa no empieza en un quirófano. Empieza en un protocolo serio, con un equipo médico y psicológico que acompaña durante seis u ocho meses el cambio de hábitos, la alimentación, el ejercicio y, sobre todo, esos conflictos internos que impiden aceptarse y quererse.
Ahí entra una figura que las beneficiarias nombran una y otra vez: la psicóloga de la Fundación. Casi todas coinciden en lo mismo. No fue solo el peso. Fue el nudo. Fue la depresión que a tantas les llega con la maternidad, con el cansancio de sostener una casa, con el silencio de darlo todo y no mirarse nunca. Fue el “ya no merezco”, la culpa, el agotamiento de ser el centro de todos… menos de sí mismas. Esa escucha profesional les devolvió algo que ningún bisturí puede operar: permiso para existir de nuevo. Para perdonarse. Para creer que también ellas tienen derecho a estar bien.
Y cuando una mamá se sana por dentro, la casa entera se mueve. Y, en no pocos casos, también se mueve su destino económico.
Hay mujeres que, después de periodos de depresión y de todo lo que implica para muchas el ser madre —la familia, el olvido de sí, la carga emocional que nadie ve—, salieron del proceso de la Fundación no solo más ligeras de cuerpo: empoderadas. Varias iniciaron negocios propios que a la fecha siguen operando. Algunas, incluso, son el sustento de sus familias. Volvieron a creerse capaces. Volvieron a emprender. Volvieron a sostenerse con las propias manos. Eso también es “Mírate y sé feliz”: no solo verse distinta, sino atreverse a construir otra vida.
Muchas cuentan, además, que sus familias comenzaron a comer más sano. Que los hijos dejaron de pedir lo de siempre. Que el esposo se sumó sin que nadie lo obligara. Que varios miembros de la familia también bajaron de peso, no por moda, sino porque el ejemplo llegó a la mesa todos los días. La transformación de una mujer se volvió costumbre de todos.
Hay un caso que lo dice mejor que cualquier discurso: una señora que tenía un puesto de antojitos. Vendía lo que la gente pide a cualquier hora, lo rico, lo rápido, lo que llena. Después del programa no solo cambió ella. Cambió el menú. Empezó a ofrecer comida más saludable. El mismo lugar donde antes se servía la costumbre, se convirtió en una pequeña trinchera de bienestar. Eso no es un detalle pintoresco. Es el efecto dominó de una vida que se reconcilia consigo misma.
Y hay otra historia que conmueve de otra manera. Una mujer se quemó accidentalmente con aceite. El dolor no fue solo de la piel: fue el miedo a la marca, a la mirada, a no volver a sentirse completa. El doctor Conde y la Fundación no la dejaron sola. La acompañaron con ozonoterapia y con el mismo criterio que define a este programa: atención de primer nivel, sin que ella tuviera que poner un peso.
Conviene decirlo con todas sus letras, porque a veces lo esencial se olvida: todo esto lo da gratis la Fundación. Quince años. Ni un solo peso por quirófano, insumos, medicamentos, curaciones, seguimiento psicológico, tratamientos estéticos o procedimientos quirúrgicos. Cero. Quien entra al protocolo y lo cumple, recibe lo que en otro lado costaría lo que muchas familias no tienen. Esa es la diferencia entre un discurso de ayuda y una ayuda de verdad.
Cuando esas mujeres llegan al peso ideal, la Fundación del Conde, junto con la Universidad del Conde y el IESM, pone a su disposición insumos, tecnología y médicos de primer nivel para que recuperen la silueta y la vida que el tiempo, el sacrificio y el olvido de sí mismas les habían ido quitando. No para fabricar una versión irreal. Para que vuelvan a reconocerse.
Entonces ocurre lo más hermoso. Vuelven a salir en las fotos. Ya no se esconden detrás del celular. Se paran junto a sus hijos. Se sientan a la mesa sin disculparse por existir. Algunas abren un negocio. Otras cambian el menú de su puesto. Otras sanan una quemadura y también el miedo. Todas, o casi todas, nombran a esa psicóloga que las escuchó cuando nadie más lo hacía y a quien hizo posible el sueño, Al Dr. Conde.
Eso es lo que ha sostenido, año tras año, el doctor Marco Antonio Conde Pérez. No un gesto aislado, sino una convicción: la mujer no es un adorno de la familia; es su cimiento. Y si el cimiento se quiebra en silencio, toda la casa tiembla.
Irónicamente, la Universidad del Conde ha estado de manera constante bajo ataques de ciertos grupos e intereses. Pero quienes más la han defendido no son comunicados ni despachos: son los usuarios de los múltiples programas que operan la Fundación y la Universidad. En particular, las señoras de “Mírate y sé feliz” han salido por múltiples medios a contar lo que vivieron. Sus testimonios —concretos, humanos, cotidianos— se alejan mucho de las acusaciones infundadas. Hablaron de lo que recibieron sin pagar un peso. Hablaron de la depresión que las tenía apagadas. Hablaron de negocios que hoy existen. Hablaron de familias que empezaron a cuidarse. Hablaron de una institución que, en los hechos, les devolvió la posibilidad de mirarse.
Esa es la prueba que no se fabrica en un escritorio. Se fabrica en una vida.
“Mírate y sé feliz” no les regala un cuerpo. Les ayuda a reconquistarlo. Les enseña que quererse no es egoísmo; es el primer acto de responsabilidad hacia quienes las aman. Les recuerda que merecen verse hermosas no para los demás, sino para ellas mismas. Y que empoderarse también puede empezar el día en que una mujer deja de esconderse de su propia foto.
Por eso este programa no se mide solo en kilos perdidos ni en cirugías realizadas. Se mide en abrazos más largos. En menús que cambiaron. En negocios que nacieron después de la oscuridad. En familias que empezaron a cuidarse juntas. En una quemadura que dejó de ser condena. En una psicóloga que escuchó lo que nadie había escuchado. En quince años de gratuidad real. En mujeres que dejaron de ser las fotógrafas invisibles de su propia vida… y volvieron a aparecer en la foto.
Gracias, doctor Marco Antonio Conde Pérez.
Gracias, Fundación del Conde.
Gracias, Universidad del Conde.
Por recordarnos que hay gestos que no se pagan con dinero, sino con vidas que vuelven a florecer y eso, aunque no se mencione nunca cada vez que se habla de muertes que no existen y de situaciones que son muy diferentes a la realidad, nunca se olvida y pese a todo va a existir…porque la historia, este tipo de historia especialmente, nunca podrá ser debatida ni mucho menos clausurada. Tiempo al tiempo.

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