XALAPA, Ver.- El Parque Doña Falla, que durante años fue un punto de encuentro para familias, estudiantes, jardineros, productores y visitantes, hoy se encuentra atrapado en una decadencia que no solo revela fallas administrativas, sino una profunda falta de amor por los espacios públicos que han dado identidad a la ciudad. Lo que alguna vez fue un pulmón verde y un corredor floral vibrante, hoy luce como un territorio desgastado por la indiferencia oficial y la arrogancia de quienes deberían cuidarlo, pero que al parecer lo están dejando decaer para ocuparlo con otros fines.
Los locatarios, viveristas, describen un ambiente de incertidumbre que se ha vuelto parte de la rutina. Señalan como responsable a Nereo Andrés González Salazar, quien se presenta como médico veterinario zootecnista. Más allá de la controversia sobre su formación, lo que preocupa a los productores es la manera en que ha convertido la administración del parque en un ejercicio de control personal, imponiendo reglas discrecionales, restringiendo accesos y apropiándose de recursos que no provienen del Estado, sino del esfuerzo colectivo de los viveristas.
El parque, que debería ser un espacio de impulso económico y convivencia, se ha ido apagando bajo decisiones que parecen responder más a caprichos que a un proyecto de desarrollo. Los trabajadores denuncian que el equipo y los muebles adquiridos con sus propios recursos ahora se condicionan como si fueran propiedad privada; que el personal de mantenimiento, pagado por ellos mismos, es tratado como servicio personal; y que incluso se les impide ingresar antes de las nueve de la mañana, afectando labores esenciales como el riego y la limpieza. Todo esto ocurre mientras González Salazar presume cercanía con altos mandos de la SEDARPA y figuras políticas, una red de influencias que, según los locatarios, alimenta una actitud de intocabilidad.
Pero la soberbia administrativa no es el único problema. A unos metros, las tumbas del Panteón Palo Verde están al borde del colapso y representan un riesgo real para los viveros. La falta de una barda perimetral convierte esta amenaza en un peligro inminente que ha sido ignorado, como si la seguridad de quienes trabajan ahí fuera un asunto menor frente al afán de control político.
El deterioro físico del parque, la basura acumulada, la falta de mantenimiento y la ausencia de un plan claro de rescate revelan una desatención que duele especialmente porque Doña Falla no es un espacio cualquiera: es un fragmento de la memoria xalapeña, un emblema de lo que ha sido Xalapa de las Flores.
Durante décadas, este parque fue un lugar donde la ciudad respiraba. Era un sitio donde las familias compraban plantas para sus casas, donde los estudiantes encontraban sombra para estudiar, donde los productores compartían saberes y donde la vida cotidiana se mezclaba con el olor a tierra húmeda.
Hoy, ese espíritu se desvanece entre la desidia y la prepotencia. Lo que está en juego no es solo la operación de un recinto comercial, sino la dignidad de un espacio público que ha sido parte del tejido emocional de Xalapa.
La pregunta, entonces, no es únicamente hasta cuándo permitirá la SEDARPA que un administrador con prácticas depredadoras siga afectando a las familias del parque. La pregunta más profunda es por qué se ha permitido que un lugar tan significativo para la ciudad sea tratado con tan poco respeto. ¿En qué momento dejamos de defender los espacios que nos dieron identidad? ¿Cuándo se volvió normal que la arrogancia de unos cuantos pese más que el valor colectivo de un sitio que pertenece a todos?
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