Por Alux Draco
En una tarde cualquiera, un grupo de jóvenes se reúne frente a una consola. Entre risas y estrategias, construyen mundos en Minecraft, conquistan civilizaciones o aprenden nuevas palabras en inglés sin darse cuenta. Lo que para ellos es diversión, para muchos adultos sigue siendo motivo de sospecha: ¿no son acaso los videojuegos responsables de la violencia que vemos en las calles?
La pregunta ha acompañado a esta industria desde sus inicios, como una sombra difícil de disipar. Sin embargo, la evidencia científica cuenta otra historia. Investigadores de la UNAM y del CONICET en Argentina han insistido en que no existe prueba concluyente de que los videojuegos generen conductas violentas. La violencia, dicen, se alimenta de otros factores: desigualdad social, contextos familiares adversos, exposición a la violencia en medios tradicionales.
Mientras tanto, en las aulas, los videojuegos se transforman en aliados inesperados. Profesores utilizan títulos como Civilization para explicar procesos históricos, o Minecraft para enseñar arquitectura y ecología. Los estudiantes, sin darse cuenta, ejercitan la memoria, la creatividad y el trabajo en equipo. Lo que antes era visto como ocio, hoy se revela como una herramienta pedagógica poderosa.
El investigador José Ángel Garfias lo resume con claridad: “No hay que estigmatizar a los videojuegos; son parte de la cultura contemporánea y pueden ser aliados en la educación”. Y es que más allá de los prejuicios, los videojuegos han tejido comunidades, han inspirado carreras y han abierto caminos de aprendizaje.
La narrativa que los acusa de ser causantes de violencia parece más un reflejo de miedos sociales que de datos reales. La verdadera tarea está en reconocer que los problemas que normalizan la violencia —la exclusión, la falta de oportunidades, la desigualdad— no se encuentran en las pantallas, sino en la vida cotidiana.
Así, cada partida se convierte en un recordatorio: los videojuegos no son enemigos, sino espejos de nuestra creatividad y ventanas hacia nuevas formas de aprender. La violencia, en cambio, tiene raíces mucho más profundas que ningún joystick puede explicar.
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