Ningún país puede dormir tranquilo cuando el poder de un solo hombre pretende decidir sobre la vida y el destino de millones. La soberanía no se negocia, no se vende, no se entrega.
Donald Trump ha mostrado su ambición de apropiarse de recursos y territorios: hoy es un país, mañana podrían ser muchos más. Pero no olvidemos que el imperialismo no actúa solo; en cada nación existen traidores que, cegados por la codicia personal o de grupo, se ponen al servicio del invasor y entregan la dignidad de su pueblo a cambio de migajas de poder.
Por eso, cuando decimos que vengan tiempos mejores, lo decimos con la fuerza de la esperanza y la resiliencia. Porque ninguna guerra ha traído jamás algo bueno: solo dolor, saqueo y sometimiento.
Ningún país tiene derecho a decidir el destino de otro, mucho menos cuando detrás se esconden intereses económicos y la ambición por los recursos. Defender a un pueblo no significa promover la guerra, significa respaldar su derecho a caminar con sus propios pasos, sin presiones externas ni traiciones internas.
Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otro. La historia nos recuerda que la libertad nunca está garantizada si no se defiende con firmeza y unidad.
Que se escuche fuerte y claro:
¡Que vengan tiempos mejores, con pueblos libres, dignos y soberanos!
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