Por Alux Draco
En medio de los bombardeos y las declaraciones oficiales, la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán se libra no solo en los campos de batalla, sino también en los medios de comunicación. Cada bando construye su relato: unos hablan de “defensa preventiva”, otros de “resistencia contra la agresión imperialista”. Pero detrás de esas narrativas, cuidadosamente diseñadas para ocultar pérdidas y moldear percepciones, la realidad es otra: los más afectados son los ciudadanos comunes.
Las cifras de muertos y desplazados crecen día a día, mientras las imágenes de hospitales dañados y barrios reducidos a escombros apenas aparecen en los noticieros aliados. El medio ambiente también paga un precio silencioso: refinerías incendiadas, derrames de crudo y contaminación del aire que se extiende más allá de las fronteras. La guerra no solo destruye vidas, también envenena la tierra y el agua que sostienen a las comunidades.
El conflicto se intensificó aún más tras el asesinato del líder iraní, ocurrido apenas días después de que se celebraran mesas de diálogo sobre la no proliferación de armas nucleares en Irán. Ese hecho cerró de golpe la posibilidad de acuerdos diplomáticos y abrió un nuevo ciclo de violencia, demostrando cómo una acción militar puede desbaratar procesos de negociación que buscaban frenar la "escalada nuclear"
En este escenario, la paz no es un ideal abstracto, sino una necesidad urgente. Evitar la escalada significa proteger vidas, preservar el medio ambiente y garantizar que las economías no se hundan en la volatilidad. Sin embargo, la comunidad internacional enfrenta un vacío: la ONU ha fallado en su misión de generar mecanismos efectivos de diálogo. Las resoluciones se estancan, los vetos paralizan las acciones, y los llamados a la negociación se diluyen en discursos sin consecuencias. La ausencia de una intervención firme deja a los pueblos atrapados entre narrativas manipuladas y ataques que no cesan.
A ello se suma la falta de participación del Congreso estadounidense, que nunca fue consultado por Donald Trump para decidir la entrada en guerra. La inversión en gasto militar se ha disparado, y aunque se presenta como una estrategia de seguridad nacional, el costo real lo pagan los ciudadanos de a pie: mayores impuestos, recortes en programas sociales y un presupuesto público drenado por una guerra que no fue debatida ni consensuada.
La voz de la ciudadanía en el mundo, exige claridad y dignidad: que los medios no oculten, que los gobiernos hegemónicos no manipulen, y que la paz sea el horizonte común. Porque en cada conflicto, los que más pierden son los que menos deciden: los hombres, mujeres y niños que solo quieren vivir en seguridad.
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