Ventana Política.
Por Javier Moreno.
Fiesta cívica, convocatoria real y gestión visible en San Andrés Tuxtla.
Hay fechas que no solo se conmemoran: se viven. El 15 de septiembre en San Andrés Tuxtla lo demostró otra vez. El Ayuntamiento convocó, organizó y acompañó las festividades del Grito con una claridad de propósito que se notó desde temprano: no era un acto protocolario para cumplir el calendario cívico, sino una fiesta ciudadana, amplia, ordenada y genuinamente alegre.
La convocatoria fue grande. Familias enteras, jóvenes, comerciantes, vecinos de colonias cercanas y lejanas se fueron concentrando hasta llenar el espacio con esa mezcla tan mexicana de emoción, banderas, música y espera compartida. El ambiente no fue tenso ni distante. Fue cálido. Se sentía pertenencia. Se sentía fiesta. Y se sentía, sobre todo, que la gente había salido porque quería estar ahí.
Eso no es menor. En un país donde muchas ceremonias oficiales se perciben lejanas, frías o meramente escenográficas, lograr que el Grito se convierta en un momento de encuentro real es un logro de gestión y de sensibilidad. La organización se notó en los detalles: la programación, el orden, la presencia institucional sin soberbia, la disposición para que la gente disfrutara y no solo observara. El resultado fue un magnífico ambiente, de esos que después se recuerdan no por el discurso, sino por la sensación de haber compartido algo colectivo y bien hecho.
En ese escenario aparece, de manera secundaria pero inevitable, una lectura política que ya no depende de sondeos pagados ni de narrativas armadas. Rafa Fararoni pertenece a esa nueva generación de gobernantes cuya fortaleza no se construye en gabinete ni en laboratorios de imagen. Se sostiene en dos ingredientes concretos: cercanía con la gente y resultados que se ven todos los días.
Su popularidad no es simulada. No es un producto de campaña permanente. Es consecuencia de una forma de gobernar. Y el termómetro más honesto —el que no se compra y el que no se maquilla— sigue siendo el mismo: lo que dicen los ciudadanos en redes sociales y lo que se escucha en los actos públicos. Ahí, lejos de los ejercicios de opinión fabricados que tanto gustan a cierta clase política, la gente habla con naturalidad. Comenta lo que ve. Reconoce lo que funciona.
Hay, por supuesto, quienes insisten en criticar asuntos que cada vez tienen menos trascendencia. Al hacerlo, se ponen solos un reflector. Ese reflector suele iluminar no al gobierno, sino a quienes les duele que a alguien le vaya bien, o a quienes descargan en las redes traumas y frustraciones que su vida personal no les permite resolver de otra manera. Ese tipo de crítica es muy común cuando la ciudadanía evalúa a la clase política actual: nace de un hartazgo acumulado, de años viendo promesas huecas y gestiones lejanas.
Pero en San Andrés Tuxtla está ocurriendo algo distinto e interesante. Las críticas o señalamientos contra esta administración municipal son cada vez menos y caen automáticamente en el terreno estéril de lo intrascendente. Lo hacen precisamente por las dos herramientas con las que Fararoni gobierna a diario: cercanía y resultados. Esa combinación ahoga cualquier acción malintencionada. Porque es muy difícil atacar con eficacia a quien está dando resultados. Quienes lo intentan se ven mal. Quedan expuestos no como contrapoder, sino como ruido.
El slogan de campaña y de administración —“capaz de resolver”— deja de ser frase de lona. En San Andrés Tuxtla se ha convertido en sello. No porque se repita, sino porque se comprueba. Y esa comprobación diaria le permite gobernar a un ritmo intenso, con la espalda cubierta no por operadores ni por encuestas complacientes, sino por una ciudadanía que, en la plaza y en las redes, reconoce lo que está viendo.
El Grito del 15 de septiembre no fue solo una ceremonia. Fue también un termómetro. Y lo que midió fue claro: hay convocatoria cuando hay confianza, hay ambiente cuando hay cercanía, y hay fiesta cívica cuando la gente siente que su gobierno no está de visita, sino presente.
Eso, en política, vale más que cualquier discurso. Porque no se decreta. Se gana. Y en San Andrés Tuxtla, por lo que se vio y se escuchó esa noche, se está ganando en la calle.
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